lunes, 29 de noviembre de 2010

Carta de Leopoldo Lugones a Emilia Cadelago "Aglaura"

Miércoles 22. 1927

Mi dulzura: Una gripe, probablemente preludiada por aquella delgadez que en el Círculo me habías notado, y que era la expresión de un gran cansancio precedente, me retuvo casi una semana acostado y alrededor de diez días en mi soledad, hermosa al fin por ser enteramente tuya. Excedí, pues, tu pedido, ya que el día aquél fue precisamente de los peores. Además, fuera de esa vida en la ausencia, ya no me interesa nada. Convencido de que esto es definitivo, me dejo morir. Hé aquí todo. No hablé en aquel funeral porque nadie me vio para ello. Creen probablemente que les estorbo, lo que es falso y necio a la vez, pero tampoco me interesa refutarlo. La renuncia de la S.A .D.E. fue en cumplimiento de la palabra que tenía dada para cuando la dejase instalada en su local, con sus muebles y su existencia en seguro. Aunque me rechazaron la dimisión, insistí. Pero no abrigo la mínima intención de ausentarme a Europa ni a ninguna parte. No lo haría, mientras, mientras... O mejor dicho, aunque no conserve esperanza ninguna. Hablar de asuntos teosóficos, como tú quieres, no es posible por carta; ni tampoco darte la significación de la víbora que se muerde la cola. Sería demasiado largo, explicaría mal las cosas, y tal vez incurriría sin querer en el charlatanismo que tantos estragos ha hecho, y contra el cual te prevenía al ponerte en guardia contra ciertas conversaciones. Yo no soy teósofo, sino acaso otra cosa que no es de escribir. Y a esto debo limitarme. Debo, por más que tú seas un espíritu de excepción, capaz de entenderlo todo sin necesidad de hacerlo, como dices, por el sendero del dolor. Tú perteneces a una región más alta y más pura. No leas los libritos de vulgarización de esas cosas. Son confusos o vacíos. No te dirán nada. El Elogio de Leonardo no estaba aquí cuando me lo pediste, sino donde tengo guardado el tesoro que conservo de ti. Ya verás que está todo, que nada enajené porque habría sido como tirar pedazos de mi propia vida. Mi posición en la pedana del Círculo es una espera. La única, la de mi esperanza que no quiere morir. Pero hasta hoy fue inútil. Y tal vez mejor, porque verte de lejos me haría sufrir tanto, que tengo miedo de pensarlo siquiera. Ya ves, entretanto, que obedezco tu voluntad de que no te escriba recuerdos terribles. No lo haré, pues, y la peregrinación será para mí solo, allá donde tú sabes, para estrechar mentalmente sobre mis labios y mi corazón tus piecitos queridos que me niegas. Es mucho rigor, pero no tengo derecho de quejarme.

Te agradecí con toda mi alma dolorosa la florcita que me mandaste. Tiene ahora un color divino que ha tomado sólo para mí. Pero basta, como decías tú al llegar la hora de separarnos aquellas tardes. Tu carta llegó impregnada del perfume que le pusiste. Lo conserva y me entra hasta el alma con los besos que te doy allá donde pusiste remedio para los ojos. Y luego la acaricio largamente con aquella mano que hallaba en el jardín pichoncitos y perlas. Una embriaguez loca me invade como ahora mismo y la pantera se pone a rugir, solitaria, sedienta. Tanto, tanto mi amor! Mi único amor. Mi eterno amor... Te dijeron que la cadena se rompió? Fue la emoción que contenía ante la extraña. Yo también habría querido que la rompieras tú, y que a mí mismo me hicieras pedazos. Qué dicha habría sido. No recuerdo las iniciales que puse en aquel sobre. Sería alguna abreviatura de comedimiento. Qué decían? Cómo eran? Por qué te llamas ignorante por eso? No dijo el Dante, y con verdad, que el amor es la fuente de toda ciencia? Otra vez se ha cegado la fuente de los versos. Ya sabes por qué. Hay una forma de dolor, por decirlo así pasivo, que paraliza la mente. Así estoy desde hace muchos días, aunque el peregrino se arrodilla ante el ara, casi todos ellos, para hacerse la ilusión de escuchar un arrullo agonizante. Allá palpitaba la tórtola, gimiendo las delicias que la hacían morir. Y los panales de miel se derretían en dulzura. Y me repito, tanto, tanto, arrodillado así, las palabras del divino extravío. Por qué me dices que no estás linda? Es posible eso? Y sé que es lo contrario. Lo sé porque te veo y tengo adentro, tan claritos tus ojos de amor, tus cejas, tu boca devoradora, tus dientes, todo, todo! Y los lirios de tu cintura suavizan mis manos. Tu cintura que yo electricé y ungí, húmeda de mi amor. Perdóname mi alma. Me muero! Escríbeme en dos sobres. El de encima habrás de rotularlo así:

Sr. D. Enrique Morás - Biblioteca de Maestros - Consejo Nacional de Educación - Rodríguez Peña 935 - Ciudad.

Y no seas mala. Mandame aunque sea un hilito que hayas tenido atado a tus tobillos. Yo lo anudaré. Ven mi vida, mi amor. A beber mi sangre que se derrama.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Carta de Juan Rulfo a Clara Aparicio

Muchachita:
No puedo dejar pasar un día sin pensar en ti. Ayer soñé que tomaba tu carita entre mis manos y te besaba. Fue un dulce y suave sueño. Ayer también me acordé de que aquí habías nacido y bendije esta ciudad por eso, porque te había visto nacer.
No sé lo que está pasando dentro de mí; pero a cada momento siento que hay algo grande y noble por lo que se puede luchar y vivir. Ese algo grande, para mí, lo eres tú. Esto lo he sabido desde hace mucho, más ahora que estoy lejos lo he ratificado y comprendido.
Estuve leyendo hace rato a un tipo que se llama Walt Whitman y encontré una cosa que dice:

El que camina un minuto sin amor,
Camina amortajado hacia su propio funeral.

Y esto me hizo recordar que yo siempre anduve paseando mi amor por todas partes, hasta que te encontré a ti y te lo di enteramente.
Clara, mi madre murió hace 15 años; desde entonces, el único parecido que he encontrado con ella es Clara Aparicio, alguien a quien tú conoces, por lo cual vuelvo a suplicarte le digas me perdone si la quiero como la quiero y lo difícil que es para mí vivir sin ese cariño que ella tiene guardado en su corazón.
Mi madre se llamaba María Vizcaíno y estaba llena de bondad, tanta que su corazón no resintió aquella carga y reventó.
No, no es fácil querer mucho.

Juan

viernes, 19 de noviembre de 2010

Carta de Guillaume Apollinaire a su amada

Navidad. Mi amor, hoy recibí dos cartas tuyas -estoy contento, contento!. Hace frío de perros y un sol magnífico. Tengo salida del cuartel el primero de enero; te telegrafiaré las horas de llegada. Alístate!.

Tesoro mío, perdona mi tristeza de las últimas cartas. No recibí nada tuyo. hoy recibí tus cartas VIII y X. Me falta la IX. yo no volví a numerar las mías porque me pierdo. Les pongo fecha y escribo todos los días. Del estómago estoy bien, me curó el cinturón de franela. Los detalles de mi permiso no podrían ser más vagos. Sé que tendré 48 horas, 24 de las cuales se irán en el viaje. Llegaré a niza de noche seguramente. Pero ya te telegrafiaré todo eso. Me pides mayor precisión, cosa que me gusta mucho, pero en la vida militar muchas cosas son imprecisas para el soldado raso. Además, el lema aqui es: "no hay que tartar de entender!. Yo te adoro, mi amor. Te deseo. Me meto dentro de ti con toda mi fuerza. Te estrecho y te acuno en mis brazos. Lanzo como un dardo toda mi fuerza vital en ti. Tomo tus labios. Amor, te deseo tanto que me haces rugir. Ahora, contesto tu carta X: dejo de estar triste, amor mío, desde el momento en que me amas. Y ya no sé a qué maldades hacías alusión. Sin duda al egóismo de Memé. Qué ha dicho ella respecto a mi compromiso?. Lo sé bien mi amor, nada podrá separarnos, pero esos días yo estaba sin noticias de ti., no sé porqué me puse celoso tontamete y supuse que te habrías ido a Marsella sin decírmelo. Sí, mi amor, nuestras palabras se han intercambiado y personas como nosotros no faltan a su palabra. Tienes razón al regañarme. Me vuelvo como una bestia cuando dudo y me enloquezco. Te confiaré todo. Pero a menudo mi nerviosismo me arrastra y mi imaginación me arrebata.

Lou, que bien sabes decir las palabras que consuelan. Eres un instrumento de música exquisita. Tus melodías me transportan al cielo. Tú eres mi música, mi poesía, mis nueve musas, mis tres gracias. Sí, mi amor, regáñame, no tengo derecho de dudar, pues siendo libres el uno y el otro nos entregamos libremente y debemos pensar como piensas tú, para ser dignos el uno del otro. Sí, mi amor, no hablemos de nuestra felicidad. Voy a escribirle esta noche a Rouveyre que te ha visto varios veces, que he tratado de flirtear contigo pero que no ha resultado, que somos buenos amigos, eso es todo. De manera que tú puedes, si le escribes, hacerlo en ese tono. Además, no es necesario que le escribas. Yo creía que Janes Mortier se había ido. Sí, feliz navidad mi amor. Nuestra navidad es nuestro amor. Lo dices tú, poestisa archidivina.

Hasta luego mi amor, te beso con todo mi corazón, con toda mi fuerza, te amo y te amo toda.

Guillaume.

viernes, 12 de noviembre de 2010

Carta de Franz Liszt a la condesa D'agoult

Marie! Marie!
Oh, dejame repetir ese nombre cien veces, mil veces. Por tres días ha vivido en mi interior, oprimiéndome y quemándome... Eternidad en tus brazos... Cielo, infierno, todo, todo en tí y de nuevo en tí... Oh, déjame loco, insano... La común, prudente estrecha realidad, ya no es suficiente por más tiempo, debemos vivir con toda nuestra vivencia, amor, y toda nuestra congoja! ¿Me crees capaz o no, de sacrificio, de virtud, de moderación, de religiosidad? Esto es para vivirlo!!! El día en que puedas decirme con toda tu alma, con todo tu corazón, toda tu mente: "Franz, permitámonos borrar olvidar, olvidar para siempre, cada cosa incompleta, penosa, y acongojante en el pasado; permitámonos ser todo para el otro, porque ahora te entiendo y perdono tanto cuanto te amo" ese día, y puede ser pronto, volaremos lejos del mundo, y viviremos, amaremos y moriremos el uno por el otro solamente.

viernes, 5 de noviembre de 2010

Carta de Diderot a Sophie Volland

El resto de la noche se pasó bromeando acerca de mi paradoja... y yo decía : Los que en esta vida se han amado y se hacen enterrar en la misma sepultura, no son tan cándidos como se cree. Puede ser que sus cenizas se mezclen y se confundan, ¡quién sabe!...(...) ¡Ah, Sofia! Aún tendría yo la esperanza de tocaros , de sentiros, de amaros, de buscaros, de que nos uniéramos y nos confundiéramos después de esta existencia, de esta forma de la vida, si hubiera para nuestros principios una ley de afinidad; si nos estuviera reservada la suerte de formar un ser común , siendo ambos los componentes de un todo por los siglos de los siglos, si las moléculas disueltas de vuestro amante debieran agitarse, conmoverse, buscar las vuestras esparcidas en la naturaleza. ¡Ah!, no me quitéis esta ilusión tan dulce de una eternidad con vos y en vos.

Escribo sin ver. He venido; queria besaros la mano y marcharme. Me volvere sin recompensa; pero ¿no quedare bastante recompensado si os he demostrado cuanto os amo?
Son las nueve, os escribo que os amo. A lo menos os lo quiero escribir, pero no se si la pluma obedece a mi deseo. ¿no vendreis quiza para que yo os lo diga y me vaya corriendo?

Adios, mi Sofia, buenas noches.... ¿vuestro corazon no os dice que estoy aqui?
He aqui la primera vez que escribo en tinieblas: esta situacion deberia de inspirarme cosas rebosantes de amor. No siento sino una: que no puedo salir de aqui. La esperanza de veros un momento no me deja partir, y continuo hablandoos sin saber si mi pluma traza caracteres. En todos los puntos donde no haya nada escrito, leed que os amo.